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Nairod Barcelona: crónica gastronómica

Barcelona tiene zonas donde comer bien no es una casualidad, sino una constante. El Eixample izquierdo es una de las más claras. Más concretamente, el espacio —casi un trapecio imperfecto— que dibujan la Escola Industrial, la Avinguda Diagonal, la calle Aragó y el Passeig de Gràcia. Un fragmento de ciudad donde la gastronomía hace tiempo que habla con voz propia.

En este cuadrante se concentran restaurantes que ya forman parte del relato gastronómico de Barcelona: Semproniana,Mantis, La Gormanda, Deliri, Trü, Glug, Ginnan… e incluso Disfrutar, que juega en otra liga. Dejo muchos otros fuera, y lo hago sabiendo que es injusto. Pero también porque esta zona hay que recorrerla, saborearla y descubrirla sin prisas. Es una mina.

En el centro de este ecosistema se encuentra el Mercat del Ninot, que no solo ordena el barrio, sino que le da sentido. Y cuando la cena se alarga, la oferta continúa: desde el Dry Martini, con toda su historia y las creaciones de Javier de las Muelas, hasta bares y coctelerías donde la noche puede seguir a su propio ritmo.

Hoy, sin embargo, no voy a hablar de ninguno de estos lugares. Hoy quiero hablar de un restaurante que me conquistó por la calidad de su producto, por la originalidad sin artificios de su cocina y, sobre todo, por una sencillez bien entendida. De esas sencilleces que solo se alcanzan cuando hay criterio, oficio y un profundo respeto por lo que llega al plato.

Empiezo esta crónica gastronómica con un restaurante que tenía en mi lista desde que abrió, en 2019, y que, lamentablemente, había ido posponiendo. Hasta ahora.
Hoy hablo de Nairod.

El restaurante

Nairod abrió sus puertas a finales de febrero de 2019. Y, como suele ocurrir, lo apunté mentalmente en mi lista de restaurantes pendientes con esa mezcla de interés y confianza que surge cuando intuyes que detrás hay un proyecto sólido. El tiempo, sin embargo, tiene estas cosas: nuevas aperturas, otras prioridades, excusas mal colocadas… y los años van pasando.

Hasta que un día entras y te arrepientes de no haberlo hecho antes.

Detrás de Nairod está el chef David Rustarazo, con una trayectoria internacional que incluye cocinas de Londres, San Francisco, Nueva York y Miami. Pero más allá del currículum, que siempre suma, lo que realmente me interesa es cómo todo eso acaba aterrizando en el plato. Y es aquí donde Nairod encuentra su voz.

Según explican ellos mismos en su web, su concepto parte de dos pilares muy claros: carne y pescado. A partir de ahí, el juego se construye con verduras y frutas de temporada que llegan a diario al restaurante, con una mirada muy atenta al calendario: la caza cuando toca, los guisos de cuchara cuando apetecen, los arroces y los mariscos cuando el buen tiempo se impone.

No hay una carta rígida ni acomodada. Al contrario: existe una rotación constante de platos, con cambios aproximadamente cada quince días. Una manera de entender la cocina que obliga a estar atento, pero que también dice mucho del respeto por el producto y por el momento.

Con esta premisa, me siento a la mesa y empiezo el almuerzo con la sensación de que será una comida memorable.

Mi almuerzo en Nairod

Como me gusta hacer siempre que el contexto acompaña, empiezo el almuerzo con una copa de espumoso. Sin darle demasiadas vueltas. Me ofrecen un Essential de Juvé & Camps, una elección más que acertada para abrir el apetito y marcar el ritmo de lo que vendrá. Fresco, limpio, sin querer ser protagonista, que es exactamente lo que le pido a una primera copa.

Con la bebida llegan a la mesa unas aceitunas grandes, sin hueso. Excelente comienzo.

Para empezar, un pequeño bocado de brandada de bacalao con polvo de aceitunas Kalamata. La textura del bacalao es sorprendente, lejos de la uniformidad de una brandada clásica, con trozos reconocibles. Fina y delicada, es un primer bocado que deja claro que en la cocina hay mano y criterio. Un inicio prometedor.

De entrante, elijo espárrago blanco con pesto de espinacas y bonito curado. Y celebro, ya de entrada, poder comenzar con verdura. Es uno de esos platos que primero entran por la vista, con una combinación de colores muy bien pensada. El espárrago está en su punto, el pesto aporta frescura y viveza, y el bonito curado lo une todo con una delicadeza extraordinaria. Las texturas funcionan, los sabores encajan y el conjunto resulta equilibrado. De esos platos que te hacen sonreír sin darte cuenta.

Como segundo, opto por la raya con mantequilla negra, alcaparras y patatas baby. Un plato aparentemente sencillo, pero magníficamente resuelto. El punto ligeramente avinagrado de las alcaparras combina a la perfección con la raya, y la mantequilla negra aporta profundidad sin tapar nada. Todo está donde debe estar. Es un plato redondo, honesto y discretamente sorprendente. Cocina de producto, bien pensada y mejor ejecutada.

Para terminar, una mousse de chocolate que se mueve a medio camino entre la mousse y el coulant. Aquí aparece mi gusto personal: para mí resulta un punto demasiado dulce. Dicho esto, las texturas están muy bien logradas y la calidad del chocolate es evidente. Un buen final, aunque no sea el plato que más tiempo me acompañará en la memoria.

Salgo de Nairod con esa sensación que cada vez busco más cuando como fuera: haber comido muy bien, sin excesos, sin fuegos artificiales y con la tranquilidad de saber que alguien ha cocinado pensando en el conjunto, no solo en cada plato.

Conclusión

Nairod es uno de esos restaurantes que no necesitan llamar la atención para hacerse un lugar. Su fuerza es otra: una cocina de mercado bien entendida, producto excelente y platos pensados con cabeza y ejecutados con oficio.

Es un lugar donde se come muy bien porque alguien ha hecho el trabajo antes: elegir bien y cocinar todavía mejor. El servicio acompaña con discreción y el ritmo del almuerzo es el adecuado, de esos que permiten disfrutar sin mirar el reloj.

Para mí, es un imprescindible de Barcelona si buscas una experiencia gastronómica honesta, con personalidad y sin estridencias. Especialmente recomendable para pequeños grupos, almuerzos tranquilos o encuentros en petit comité, diría que hasta una veintena de personas, donde la comida debe ser uno de los protagonistas, pero no el único.

Salgo de Nairod con la sensación que más valoro: la de haber descubierto un restaurante al que volvería sin pensarlo dos veces. Y eso, hoy en día, no ocurre tan a menudo.

Si buscas una experiencia gastronómica con este mismo espíritu para tu equipo, hablemos de tu próximo almuerzo o estancia de empresa en Barcelona. Contacta con nosotros.

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